2).------------ ESTUDIANDO NUESTRO PRESENTE.
2-2).---------- CAPITAL, ESTADO Y EDUCACION.
Semejante tardanza en la ayuda estatal a la educación más compleja, como hemos indicado arriba, no es extraña ni anómala. De hecho, ninguno de los grandes Estados en los que antes se desarrolló el capitalismo y en concreto su revolución industrial, en Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania y Estado francés, por este orden, ninguno de ellos disponía de un sólido aparato educativo público, estatal en el sentido del que posteriormente se impondría. Incluso, tampoco el impresionante despegue industrial de la Unión Soviética desde comienzos de la década de 1920, se basó en una "educación socialista". Aunque el sistema alemán era el menos atrasado de todos, tampoco aseguraba todas las necesidades de orden e integración que necesitaba su burguesía, como hemos visto antes. La causa básica de ese retraso hay que buscarla, antes que nada, en los diferentes ritmos de crecimiento entre, por un lado, las necesidades de la producción industrial; por otro, el desarrollo científico y por último y como engarce entre ambos, la modernización tecnológica. Además, complicándolo todo, el atraso histórico de la clase dominante y del aparato estatal dificulta sobremanera el acoplamiento entre sí de la industrial, ciencia y tecnología, por un lado, y de este bloque con el sistema educativo existente y aquejado por toda serie de carencias.
Mientras que industria, ciencia y tecnología caminaron separadas, apenas sin contactos, el sistema educativo pudo mantener sin grandes costos de prestigio y efectividad un claro retraso con respecto a las necesidades tecnocientíficas y productivas. Bastaba con que preparase convenientemente a una porción de la población, a los hijos de las clases dominantes, para las tareas de dirección, control y planificación. La masa proletaria, lo mismo que la masa campesina, aprendices y artesanos de le edad media, aprendía por lo común durante el propio proceso de trabajo: desde pequeños, como aprendices y ayudantes. En realidad, visto el problema en perspectiva histórica, el sistema educativo siempre ha ido por detrás de las necesidades de esas tres fuerzas expansivas por múltiples razones, algunas de las cuales ya hemos apuntado. Pero, como veremos más adelante, si este atraso se acrecienta en los períodos de revolución tecnocientífica, en la actualidad esa distancia tiende a crecer por las especiales características de los cambios vigentes.
Hasta el presente cuatro grandes presiones han exigido la paulatina intervención estatal en el sistema educativo:
Una, la imparable introducción de la experimentación tecnocientífica en el proceso productivo industrial para aumentar la tasa de beneficio. Conforme la competencia externa, los descubrimientos internos, las exigencias del propio Estado burgués para producir mejores locomotoras, o barcos de vapor, o aviones, o edificios, o lo que fuera, según se imponía esa férrea demanda, la mano de obra, la fuerza de trabajo debía ser educada para manejar máquinas más complejas, pero también para pudrirse en tareas más simples y repetitivas, menos creativas. Todo dependía de la clase social, del grupo etnonacional y del género. Las tareas más delicadas intelectualmente exigían estudios superiores, universidades más dotadas tecnocientíficamente. Apareció la prensa especializada para expertos y técnicos muy cualificados. Aparecieron los cursillos especiales, las convenciones internacionales y también el espionaje industrial, inseparable del militar.
Dos, la presión reivindicativa de las izquierdas y del reformismo social en exigencia de una mejor educación, lo que llevó a las burguesías a cargar en el presupuesto estatal esos costos, desactivando así tensiones sociales, nacionales y de género. Las reivindicaciones obreras por un sistema educativo accesible surgieron, de un lado, para paliar los enormes sacrificios que debían hacer los trabajadores jóvenes para aprender rápidamente las cada vez más complicadas técnicas si no querían condenarse a los niveles más bajos y peor retribuidos en la división del trabajo. Pero de otro lado, esas reivindicaciones también buscaban formar a la clase obrera para acelerar su emancipación, para aumentar su capacidad de conocimiento crítico de la explotación capitalista. Durante décadas, las izquierdas desarrollaron una intensa labor educativa en sus centros y sedes sociales, con su prensa y con un gran contenido emancipador y alternativo. Pero la creciente complejidad de la división técnica del trabajo, inseparable del objetivo de control patronal y desunión y división de l@s trabajador@s, superaba siempre los esfuerzos modernizadores de la pedagogía alternativa. Además, el reformismo, el cristianismo social, etc, presionaban para que se tomasen medidas legales. Una fracción lúcida y astuta de la burguesía, la misma que vio lo positivo de implantar los rudimentos de seguridad social, vacaciones pagadas, servicios públicos, etc, enfrentándose a sus hermanos de clase más obtusos y suicidas a la larga, vio también lo bueno de ampliar el sistema educativo a algunas de las reivindicaciones educativas.
Tres, la propia necesidad del Estado para aumentar la eficacia de la educación como aparato alienador, adoctrinador y controlador. No se trata sólo de una maniobra para integrar y desactivar las reclamaciones vistas, que también lo era, sino sobre todo para imponer los objetivos específicamente burgueses, duramente burgueses: obediencia, disciplina, orden, puntualidad laboral y temporalidad capitalista, machismo y orden sexual patriarco-burgués, modelo corporal, sumisión, miedo al pensamiento y a la libertad, dependencia psicoafectiva, terror ético-moral y alienación religiosa, etc, consustanciales a la reproducción capitalista al margen de sus diversas fases y formas transitorias. La burguesía no podía dejar las manos libres a las izquierdas en ese decisivo asunto. Y menos a las mujeres y a las naciones oprimidas e invadidas. La escuela, el colegio, el colegio mayor, la universidad pública y privada, eran y siempre son campos de batalla nacional, de genero, clasista y teórico. El Estado no podía abandonarlos. Más aún, tomaba medidas para expulsar de ellos a l@s revoltos@s e imponer sus directrices políticas, programas educativos y métodos pedagógicos.
Cuatro, la necesidad de ejércitos estatales preparados para obtener el máximo rendimiento de la tecnología militar. Este punto es más importante de lo que se piensa. Aunque la formación técnica, psicológica y cultural media se puede dar en gran medida en la instrucción cuartelera, la estructura psicosomática de masas y el nivel cultural previo necesario sólo se adquieren mediante el orden médico y el educativo. Conforme más se asciende en dificultad y complejidad militar, más formación previa se exige y más importancia adquiere integrar esos sistemas en la planificación político-militar e industrial-cultural global. Existe continuidad psicosomática entre la disciplina autoritaria, coercitiva y atemorizada que se impone desde la primera socialización y primeros niveles educativos, con la disciplina laboral burguesa y la disciplina autoritaria del militarismo capitalista. Según la evolución histórica de cada Estado, varían sus mecanismos y recursos para dirigir la formación técnica de sus ejércitos. Puede haber academias militares supuestamente "privadas", como en EEUU, pero muy estrechamente conectadas al conjunto de aparatos. Una juventud obrera y popular educada en un nivel medio inferior al exigido por la tecnología del momento, era y es una de las causas más frecuentes de derrotas estratégicas, que no sólo tácticas. Por tanto, siempre fue y sigue siendo una de las preocupaciones permanentemente de los poderes fácticos, los que integran estratégicamente el orden militar con el orden educativo, médico, etc.
Para engrasar y agilizar este proceso de subsunción del sistema educativo en la burocracia estatal, subsunción que no tiene por qué aniquilar a la educación mal llamada "privada" sino que perfectamente la potencia con todos sus medios, los Estados disponen de múltiples recursos, de entre los que destacan los llamados "presupuestos generales", en los que se integran no sólo los gastos estrictos destinados a educación, sino el conjunto gastos e inversiones que directa o indirectamente influyen en todo el proceso formativo de la población. Se trata de planificar en la medida de lo posible la mejor interrelación entre los procesos decisivos que vertebran la dialéctica entre producción capitalista y reproducción ampliada del capitalismo. Es decir, la población no sólo es tratada como fuerza de trabajo, sino que ha sido creada y educada anteriormente como fuerza de trabajo. La población existente en un período concreto es ya en ese período concreto un producto de la reproducción ampliada del período anterior. En general, se fabrica población del mismo modo que se fabrican adoquines con la ventaja para estos de que no han tenido que sufrir el período educativo. El sistema u orden educativo es así un paso imprescindible en la producción de la mercancía población, mercancía que tiene la peculiaridad de disponer de fuerza de trabajo, que resulta que es la única que puede producir valor.
Hay que tener en cuenta que los presupuestos generales son el escaparate de la política estratégica a medio y largo plazo del poder establecido. Aunque los presupuestos de redactan de año en año, en realidad están pensados para plazos más largos, de la misma forma que están a su vez condicionados por los planes anteriores. De este modo, la política educativa de un período concreto, si bien puede variar en aspectos importantes, está siempre sujeta a planes estratégicos más prolongados y que buscasen fines decisivos para mantener la estructura de poder y la reproducción ampliada del capitalismo.
Las grandes directrices estratégicas establecidas en épocas anteriores, pueden ser cuestionadas por algún gobierno recién llegado, que tal vez represente a fuerzas reformistas y haya prometido cambios progresistas. Aún y todo así, pese a las crisis secundarias que estallen, la capacidad de ese gobierno para cambiar los planes, proyectos, gastos e inversiones ya decididas con anterioridad, es muy reducida, a no ser que se atreva a forzar la máquina y a lanzarse al océano tempestuoso de la lucha contra el sistema establecido. Situaciones así suelen ocurrir muy raramente entre otras causas por el poder alienante del orden educativo, y para prevenirlo o impedirlo, el bloque de clases dominante establece muy rigurosos controles, filtros, sistemas de integración del reformismo, corrupciones, atolladeros y pantanos burocráticos que desinflan al reformismo. Para los casos más extremos, revolucionarios, además de lo anterior están las diversas fuerzas represivas.
En esta compleja dialéctica entre el capital como conjunto de relaciones sociales, el Estado como aparato centralizador estratégico del capital y por ello mismo dotado de una autonomía relativa propia con respecto a las fracciones internas de la burguesía, y el orden educativo como aparato pesado, institucionalizado, cargado de inercias retardatarias e intereses corporativos propios, en este enrevesado laberinto burocrático oficial y privado la planificación institucional de la estrategia educativa se enfrenta a lastres, obturaciones y obstáculos internos más grandes de lo que se piensa habitualmente. Muchas veces, las inversiones de capitalistas concretos en escuelas, centros politécnicos, colegios mayores y hasta universidades privadas, además de buscar ganancias económicas por la rentabilidad inmediata y/o las desgravaciones obtenidas, etc, pretenden también objetivos políticos, ideológicos y propagandísticos, buscando un beneficio simbólico-material que garantice su continuidad en el poder. No hace falta decir que esta maraña de factores favorece el control último del sistema dominante y a la vez dificulta decisivamente la efectividad de los esfuerzos progresistas que desde la base educativa o desde el parlamentarismo se realizan. Tampoco hace falta decir que son las naciones oprimidas y carentes de recursos de autocentralización las que más indefensión padecen frente a ese monstruo polifacético y multitentacular.